jueves, 23 de junio de 2011

Futbol raro.

 

Realmente me encuentro estupefacto. No consigo salir de mi asombro. Como sabrán (y si dense por enterados) el equipo de mis amores es Independiente. No lo conoces? no podéssssss! rescatate barrilete!

cai_escudo

Bueno, la cuestión no es hablar del club de mis amores sino del club de los amores de mi amor… los perdí… los entiendo, yo también me perdí. Pero hay que reconocer que la situación de River (de ese club estoy hablando) es ante todo extraña. Y digo extraña queriendo resumir un montón de situaciones y sentimientos encontrados. Ver un club de los grandes, de los únicos tres equipos que no conocen otra categoría que la primera división, pelear estas instancias y en esta situación es justamente eso: extraño.

Como hincha (y socio) de otro club de esas características reconozco que ver esto asusta. Asusta porque no escapa a mis pensamientos el valorar que también nos puede pasar a  nosotros. le puede pasar a Boca. No es una situación lejana, improbable, inverosímil, irrisoria. es real. Y nos puede pasar si no nos cuidamos.

Hoy creo que mas allá de las cargadas hay un sentimiento de cierto temor en el futbol. River en la b significa (por lo menos para mi) en el acabose del futbol argentino tal como lo conocemos.

Ok, ok. tampoco es la muerte. Preguntémosle al resto de los equipos asociados a AFA si no es así. Descender tampoco es una mancha. Primera división seria un collage sino.  “Que le hace una mancha más al tigre!” diría un desubicado abonado sin dudas al chiste fácil.

Desde este humilde y recóndito lugar, perdido en el ciber espacio quiero hacer llegar a River Plate y sus asociados la mejor de las suertes y mis deseos de que se queden en primera. Fuerza!

 

LL

 

Hoy pinto el periodista deportivo en mi. Si, soy muy permeable a los medios je, je.

miércoles, 8 de junio de 2011

Frío de miércoles.

 

 

Hoy empecé el día con mucho frio. No se si realmente hace frio. Pero, como diría mi abuela, estoy “destemplado”. Les paso alguna vez?

Bueno, a trabajar! Sean felices!

Les dejo un video para ir arrancando.

 

lunes, 6 de junio de 2011

Lunes frío y lluvioso.

 

 

Si llegaron hasta acá y no se suicidaron… que terminen bien el día!!!!

 

Les conté que me encanta el invierno? :)

jueves, 12 de mayo de 2011

10 Síntomas que Indican tu Adicción a Twitter.

1. ¿Twitter es el último sitio en cerrar tras largo trasnocho y el primero en abrir con los ojos abotagados; aun antes de hacer chichí o tomar cafecito?

2. ¿Te acuestas pensando en el número de followers dejados con un vistazo final antes de apagar la PC.

3. ¿Chequeas antes de pagar la PC, los DM y los Mentios, y de vez en cuando los comparas con los de tus amigos que tienen similitud en cifras.

4. ¿Cranéas a todo momento la forma de atraer nuevos followers , piensa en eso al desayunar, almorzar y cenar?

5. ¿Modificas y renuevas tu Bio y tu avatar con regularidad?

6. ¿Estás alimentándote y digiriendo las comidas al mismo tiempo en que twiteas?

7. ¿Te estás quedando hasta altas de la madrugada al frente de tu Pc, y estas madrugando; lo que antes no hacías?

8. ¿Has reducido el tiempo que pasas con tus amigos?

9. ¿Disfrutas mas con Twitter que lo disfrutas con tu novia, esposa o amante?

10. ¿Haces rebusqueda como minero desesperado de información donde sea; con el ánimo de agradar tus followers?

Si por lo menos tienes afirmativo 5 de de estas 10 interrogantes. Eres un Adicto Terminal obseso. Y estás twitternoico y necesitas ayuda espiritual.



Fuente:http://www.taringa.net/posts/humor/6663730/10-Sintomas-que-Indican-tu-Adiccion-a-Twitter.html

jueves, 17 de febrero de 2011

Realismo mágico: Señales. Sergio Avil.

Una ruta en la provincia de Buenos Aires. Era pasado el mediodía ya. Carlos iba llevando a su familia a visitar unos parientes que tenían casi en el límite con la provincia de La Pampa. Hacía bastante calor y el sol caía impiadoso en el interior del automóvil. Miriam, su esposa, leía una revista aprovechando que le faltaba poco más de una hora para que le tocara su turno al volante. Las conversaciones con el resto de la familia se habían hecho cada vez más esporádicas hasta casi desaparecer. Ambos niños, Marcela y Daniel, habían jugado unos minutos, pero se durmieron rápidamente debido a lo temprano que se habían levantado. Lo largo y tedioso del viaje contribuyó a la llegada del sueño. La ruta no ofrecía muchas cosas con las que motivarse: campos inmensos, algunos animales de granja por aquí, otros más allá, algún rancho perdido en la inmensidad, escasas curvas. Solo los pequeños puentes sobre los pequeños arroyos se repetían con bastante frecuencia.

-No está andando del todo bien el aire acondicionado -dijo Carlos, como para decir algo- lo hice revisar hace dos días, pero no quedó como debería haber quedado. Y no me lo arreglaron gratis...
-Y justo con este día... -dijo Miriam sin dejar de leer la revista. Decidió no seguir con el tema.

Conversaciones como esta se sucedían cada tanto, sin demasiada expectativa de continuación. Carlos miró su reloj, habían pasado tres minutos de la una de la tarde. Acababan de salir de una de las escasas ciudades con las que se toparían en el camino y, al igual que cuando entraron en ella, vieron a los costados de la ruta los trabajos para convertirla en autopista, esto es, hacer que quedaran ambas manos del camino separadas. Un camión con materiales iba unos cincuenta metros delante de ellos a una velocidad regular, cuando de pronto Carlos vio un cartel de señalización anaranjado, de chapa, con un camión negro pintado en ella.

-¡Que buena es la señalización en esta zona! -bromeó Carlos- ¡Hay un cartel que nos avisa que va un camión delante de nosotros!.
Sobresaltada, Miriam levantó la vista buscando algún objeto o situación para entender de qué se le hablaba. Sin lograrlo, preguntó finalmente:
- ¿Qué pasó?
El cartel ya había quedado atrás.
- Era una broma -explicó Carlos, algo desilusionado- había un cartel de señalización con un camión pintado, seguro que por las obras, así que lo relacioné con el camión que va delante nuestro, como si el cartel nos avisara...
- No entiendo nada de lo que me estás diciendo.
Ahora Miriam lo miraba a él, que se debatía entre explicarle todo nuevamente o no.
- Ya está, no importa. Ya pasó. Era una estupidez.

Siguieron el viaje en silencio. Unos cinco minutos después Carlos vio un cartel de señalización que no avisaba de una próxima curva o de la velocidad máxima en ese tramo del camino. Tenía la habitual forma romboidal, bordes negros con fondo amarillo, pero en el centro tenía dibujado un árbol. Nada más que un árbol. Meditaba sobre esto cuando, ochenta o cien metros después de la señal vio, próximo a la ruta, un solitario árbol. Qué extraño - pensó- daría la impresión que la señal tiene relación con el árbol pero ¿para qué avisar de su existencia si no acarrea ningún peligro?. Lo más probable es que nada tengan que ver pero entonces... ¿para qué poner una señal que solo tuviera un árbol dibujado?. Pasaron unos minutos cuando recordó que había apagado la radio al parar a cargar combustible en una estación de servicio. Decidió encenderla cuando, antes de hacerlo, vio otra extraña señal al costado de la ruta: en esta se veía dibujada la silueta de un hombre que parecía estar saltando, con algo así como un perro mordiéndolo en la pierna. Cavilaba sobre esto mirando hacia delante cuando pocos segundos después vio en la banquina del camino a un hombre siendo atacado por un perro. No se le ocurrió detenerse. Estaba estupefacto con la situación y el cartel. Decidió prestarle atención a la próxima señal para ver si tenía alguna particularidad. Miró brevemente a su esposa, concentrada en una nota de su revista, ajena a carteles y avisos improbables. Luego de una curva (que no tuvo ningún cartel previniéndola) Carlos vio que tenía próxima otra señalización. Disminuyó un poco la velocidad para mirarla: indudablemente el dibujo en su centro aludía a un choque entre dos automóviles. Al verla con detenimiento notó que tenía unas abolladuras con herrumbre en un par de lugares, como si algún tiempo atrás unos niños traviesos le hubieran disparado con un rifle de bajo calibre. Nada hacía pensar en que fuera colocada recientemente. Miró hacia delante y vio, como a unos ciento cincuenta, doscientos metros un tumulto. Al acercarse, vio un terrible accidente automovilístico entre una camioneta y un pequeño coche. En la ambulancia, estacionada un par de metros después, estaban subiendo a una persona en una camilla. Era una mujer, estaba inconsciente, tapada con una sábana hasta los hombros, con uno de esos cuellos ortopédicos colocado y atada con un par de cinturones. De la camioneta le pareció que colgaba una mano, pero no pudo corroborarlo: en ese momento un policía lo amonestaba severamente por pasar tan lentamente y obstruir el acceso a la ruta. Carlos frenó totalmente para dejar el paso libre y luego de que la ambulancia saliera a toda velocidad, retomó la marcha.

- Qué terrible -dijo Miriam- seguro que iban distraídos. Es que en esta ruta no pasa nada, es difícil mantener la concentración. Tené cuidado. Prestá atención.

Difícilmente Carlos pudiera ir por esa ruta más atento. El tema de los carteles y las situaciones lo mantenía en un estado ya no de concentración, sino de alerta. ¿Pero no sería acaso todo producto del cansancio, del calor, del viaje incómodo?. Resolvió prestar mucha atención al próximo cartel (estaba seguro que habría un próximo cartel) Lo memorizaría y no miraría hacia delante sino hasta estar seguro de lo que allí viera y compararía eso con lo que encontrara después. Pasaban los minutos. Hasta donde daba la vista no se veía curva ni puente. Una larga línea gris solamente. Miriam seguía leyendo. Los niños seguían durmiendo. A lo lejos, se acercaban a otra señal de tránsito. Carlos disminuyó bastante la velocidad y le prestó especial atención a los detalles de ésta al pasar cerca: el dibujo mostraba, indudablemente a dos personas paradas al costado de un camino, tomadas de la mano, una de las figuras estaba haciendo dedo; al costado de las figuras había un dibujo en forma de L algo desprolija que no acertó a descifrar.
Miriam, al notar el descenso de la marcha miró a Carlos, y al ver que éste observaba en dirección del campo a su derecha dirigió su vista hacia allí. Sin embargo no miró el cartel, sino que fijó su vista a lo lejos, donde se veía un rancho con un par de árboles alrededor, algunos animales. Nada muy interesante.

- Qué raro debe ser vivir allí ¿no te parece? -comentó a su marido, que ahora volvía la mirada hacia adelante, concentrado y en silencio. Decidió no insistir con la charla y seguir leyendo.

Carlos ni se había percatado del intento de conversación de su esposa. Toda su atención estaba en memorizar detalles y lo que encontraría poco después. Y lo que encontró fue esto: dos hombres estaban al costado del camino, en sus rostros no se veía ninguna emoción en particular, estaban tomados de la mano (para Carlos, previsiblemente), el que estaba más próximo a la ruta les hacía el típico gesto para pedir que los lleven y al lado del otro una valija abierta, de la que salía algo de ropa, que caía sobre la tierra.

- Miriam ¿notaste algo raro en esta ruta?.
- No, ¿pasa algo? -dijo Miriam, que lo único raro que había visto hasta ahora era el comportamiento de su esposo.
- Sí, las señalizaciones anuncian cosas que suceden más adelante... -Carlos no sabía como comenzar a explicarle.
- Bueno, después de todo, para eso las ponen ¿no?

Carlos le contó lo que venía viendo. Los carteles anunciando cosas que los carteles no anuncian. El árbol, el hombre y el perro, el accidente, los dos hombres haciendo dedo...
- Es más, ahora que recuerdo, no he visto ninguna señal de curva, de velocidad máxima o mínima...
En ese mismo momento Carlos quedó perplejo: se acercaban a una señalización que desde lejos se veía claramente como un aviso de curva próxima. Miriam, al ver el cambio en las facciones de su esposo, miró hacia la ruta justo como para ver la señal. Esperaron unos segundos en silencio, tomaron la curva.

- No entiendo -dijo Carlos- es la primer señal que veo de ese tipo.
- ¿Querés que maneje yo?.
Carlos entendió muy bien qué era lo que su esposa insinuaba.
- ¡No estoy delirando, es solo cuestión de que mires un momento y las vas a ver. Estoy seguro que seguirán apareciendo!.
- No hace falta que levantes la voz, voy a mirar -dijo Miriam. Notó a Carlos nervioso, como cansado.

Pasaban los minutos. De pronto otra señal. En esta el dibujo representaba a una persona arrastrando a otra tomándola por debajo de las axilas, como si estuviera inconsciente. Detrás de ambas figuras había una serie de líneas más altas, verticales.
Carlos quiso comentarle algo a Miriam, pero no podía dejar de pensar en lo que vería más adelante. Su cabeza era un torbellino de ideas sobre qué significaría el dibujo del cartel.
No tardó en verlos. Un hombre arrastraba a una muchacha. La llevaba hacia una plantación de girasoles distante solo un par de metros de ellos. Ella parecía estar desmayada. No alcanzó a ver la cara de él. Carlos no podía hablar, su corazón parecía querer salírsele del pecho. Le gritó a Miriam.

- ¿Los viste? ¿Viste el cartel? Esto era lo que explicaba... -cuando miró su a su esposa alcanzó a ver que esta dirigía su vista desde la revista hacia él.
- No, no vi nada...
- ¡Qué estúpida! ¡Te dije que miraras!
- ¡Me cansé de mirar y no vi nada! ¿Qué querías que hiciera?
Carlos estaba fuera de sí.
- ¡No podías mirar dos minutos! ¿Era mucho tiempo? ¡Nunca hacés nada de lo que te digo!.
- No estuve dos minutos mirando -le aclaró Miriam - estuve largo rato mirando y no pasaba nada, tampoco voy a estar todo el día pendiente de no sé qué cosa rara. Además, no tengo porqué hacer todas las estupideces que decís que haga ¡Si hiciera todo lo que me decís me vuelvo loca!. Y no voy a seguir discutiendo dentro del auto.
- ¿Ah, no? -preguntó sarcástico Carlos - ¿Así que no querés seguir discutiendo dentro del auto?.

Carlos frenó bruscamente el automóvil sin preocuparse por hacerlo lentamente o al costado de la ruta. Inmediatamente se bajó y fue hacia la parte delantera hasta ponerse totalmente frente al vehículo y, con una mirada llena de odio, desafió a Miriam a que se bajara ella también. Y Miriam fue. Dudó unos segundos pero fue. Los niños se despertaron con la discusión allí fuera pero no se asombraron, sus padres solían discutir con frecuencia. No parecía esta una discusión muy distinta de otras.

En sentido contrario al auto de Carlos y Miriam circulaba otro vehículo. Cuando pasaron al matrimonio que discutía fuera del automóvil el conductor le comentó a su acompañante:

- ¿Viste a esos dos discutiendo? Tal cual la señal de tránsito que acabamos de ver.

Sergio Avil.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Independiente, mi viejo y yo

Independiente, mi viejo y yo

de Eduardo Sacheri

“Mirá que esta noche es el partido”, me dijo él.
Hizo bien porque uno, a los cinco años, no tiene una conciencia cabal de la periodización del tiempo. Como mucho distingue el sábado y el domingo, porque esos días no hay que ir al jardín, y papá se queda en casa a jugar con uno. Pero con los otros días y las otras noches, la cosa se complica. Por eso sin la advertencia de papá, hecha con el beso de recién llegado del atardecer, yo habría pasado por alto la infinita importancia de esa noche.
Los preparativos fueron los de siempre. Mientras él encendía el Stromberg-Carlson con suficiente antelación para darle tiempo a las válvulas, yo le pedí a mamá la ropa apropiada para el evento. Primero se negó a lo del pantaloncito corto, aduciendo que era invierno y que hacía mucho frío. Yo argüí hasta el cansancio que los jugadores juegan con pantalones cortos, y al aire libre. Una salomónica intervención de papá desempantanó por fin el pleito: con pantalón corto, pero sentado cerca de la estufa de kerosene del comedor. Después me puse la camiseta roja con el cuellito blanco, con el once de cuero cosido en la espalda, igualito que Daniel Bertoni. Papá, mientras tanto, iba trayendo la colección de trapos rojos que colgábamos a modo de banderas. Había pañuelos, una frazada, un pulóver, un par de camisas chillonas. La lámpara de pie, el timón de barco que adornaba la pared, varias de las sillas, todos terminaron ocultos en nuestro rito ornamental y futbolero.
Cuando llegué, rigurosamente ataviado con los colores reglamentarios, me llené los ojos de banderas rojas. Lo único que nos faltaba era el viento para que flamearan, como en la cancha.
Papá se negaba, pese a mis acaloradas argumentaciones, a vestir también el atuendo correspondiente. Nada de camiseta. Y mucho menos de pantalones cortos. A mi me parecía un desperdicio, con tanto trapo rojo disponible y tan a mano. Pero él prefería verlo con su bata de siempre, calzado con sus chinelas ruidosas, con el paquete de Kent y el cenicero, pobrecito, para fumarse los nervios uno por uno.
Mientras daban las últimas propagandas, y antes del aviso de “minuto cero del primer tiempo, es tiempo para una ginebra Bols” (o cosa por el estilo) que marcaba la hora señalada, papá se sintió en la obligación de preservarme de desilusiones demasiado abruptas. Me miró como me miraba siempre que tenía algo importante que decirme, con una mezcla de solemnidad y de ternura, con un bosquejo de sonrisa iluminándole los ojos. “Mirá, tipito –empezó, porque él me llamaba de esa manera cuando teníamos que aclarar cosas importantes-, que la cosa viene difícil.” Y volvió a enumerarme todas las dificultades que nos esperaban en esa noche de invierno. Que ellos habían ganado en Brasil, que nos habían pegado un peludo bárbaro, que no sólo teníamos que ganar, sino que debíamos hacerlo por no se qué diferencia de gol. Pero para mi sus argumentos sonaban confusos. ¿Acaso él mismo no me había dicho que Independiente era el Rey de Copas, que la Copa, la Copa se mira y no se toca, que los brasileños nos tenían un miedo descomunal, y que en Avellaneda y de noche se morían de frío, y no podían ni levantar las patas del pasto? El trató de convencerme de que, pese a la absoluta veracidad de lo dicho en otras ocasiones, esta noche las cosas iban a ser muy difíciles y peliagudas. De todos modos, nos entonamos cantando un par de veces el “si, si señores, yo soy del Rojo”, y algún otro estribillo para ir matando el tiempo.
Cuando finalmente se acabaron las propagandas, papá encendió la radio Phillips, con su estuche de cuero, que debía ser la primera portátil de Sudamérica (y la teníamos en casa). Le bajó el volumen a la tele: ambos sabíamos que los relatores de radio son mejores que los otros.
Cada uno ocupó su sitio de siempre. El en la cabecera de la mesa, y yo sobre el arcón de mirar la tele. Acercó la estufa de kerosene de ese lado para cumplir lo pactado en cuanto a temperatura corporal con la madre del win izquierdo en el bolsillo.
Pero la carne es débil. No importa cuánta preocupación ocupe nuestro pensamiento, ni cuánta angustia agobie nuestro espíritu. Uno siempre termina teniendo hambre, o teniendo sueño, y sucumbiendo a esas necesidades poco altruistas. Empecé a cabecear apenas empezado ese partido inolvidable. Mamá me dijo varias veces que me fuera a la cama. Pero yo seguía ahí, impertérrito, sentado en el arcón, con las patas colgando y pateando en el aire como si estuviese en plena cancha en los escasos momentos de lucidez que tenía en medio de mi mar de sueño. Papá esperó un rato y después me dijo que me fuera, que me quedara tranquilo. Yo protesté que de ninguna manera, que teníamos que seguir ahí los dos, haciendo fuerza con los cantitos y las banderas. El me dijo con aire confiado que no hacía falta, que igual sin mí íbamos a salir campeones, que me quedara tranquilo, que los teníamos de hijos. Ante semejante desparramo de confianza le hice caso y me dormí.
A la mañana siguiente mamá me despertó para ir al jardín. Embotado de sueño me dejé vestir, abrigar y conducir a la cocina a tomar la leche. Después ella me sentó en el sillón del living para atarme los cordones, como hacía siempre mientras esperábamos que pasara el micro. Apenas me despabilé un poco recordé la noche de la víspera, y me desesperé preguntándole el resultado del partido. A la luz del día, y después de un sueño reparador, mi deserción de la noche me parecía imperdonable. Ella me miró y dijo no saberlo. Le pregunté por papá, y respondió que aún no se había levantado.
Han pasado veinticinco años, pero aunque pasen sesenta voy a recordarlo como si hubiese sucedido hoy. La casa estaba iluminada por uno de esos soles oblicuos y tibios del invierno. Yo tenía el guardapolvo cuadrillé lila y blanco, y la bolsita en el regazo, bien agarrada a la diestra, para no olvidármela (otras veces me había pasado, y me había quedado sin el Jorgito de dulce de leche y sin la taza de plástico para el mate cocido; así que ahora la cuidaba más que a mi vida).
De repente oí abrirse la puerta del dormitorio. Y enseguida escuché el clásico arrastrar de las chinelas en el parquet del pasillo. El corazón me dio un vuelco. Lo llamé a los gritos. Entró a las carcajadas, preguntándome el motivo de mi ansiedad. Yo lo interrogué por el resultado, ya totalmente despierto, ya absolutamente pendiente de lo que dijeran sus labios, ya indiferente a mamá terminando de atarme los cordones. El se acercó, se inclinó, me dio un beso de buenos días, y se me quedó mirando con expresión jubilosa. Recién cuando volví a preguntarle me dijo que sí, que claro, que habíamos salido Campeones de nuevo, y que no me olvidara en el jardín de decirle a todo el mundo que Independiente había vuelto a salir Campeón de América.
Yo, aún en medio de mi alegría, me hice el tiempo de preguntarle cómo habíamos hecho, si él me había dicho que era muy difícil, que en Brasil nos habían dado un baile bárbaro, que teníamos que hacerles como tres goles, que en el Campeonato de acá andábamos como la mona. El me miró risueño, y sembró una semilla más en el fértil potrero de mis sueños de pibe. “Pero, tipito –empezó, como enunciando una verdad ya reiterada hasta el cansancio-, ¿no te dije que los brasileños ven la camiseta del Rojo y se asustan tanto que no pueden ni mover las patas? ¿No te dije que, con el frío, se quieren volver a su casa a comer bananas para entrar en calor? Por eso te dejé dormir. Porque era tan fácil que nos las rebuscamos sin tu aliento.” Y en medio de mi maravilla impávida, terminó: “Menos mal que te dormiste. Imagináte si te quedás despierto y gritás conmigo: les hacemos veinte goles y no quieren venir a jugar nunca más, y nos quedamos sin nadie a quien ganarle la copa”. Después me levantó en brazos y cantamos “la copa, la copa, se mira y no se toca”, y dimos la vuelta olímpica a los saltos, por toda la casa. Vino el micro y me fui al jardín de infantes.
Supongo que ésos son los recuerdos que se le meten a uno en los recovecos del corazón, y echan cría y se nutren de su propio néctar, y nos marcan para toda la vida. Por lo menos así ocurrió conmigo.
Y no me avergüenza reconocer que ahora, ya grande, cuando tengo un problema que me agobia, o cuando me toca sufrir por radio y por televisión un partido de Independiente y me como los codos por la ansiedad y la angustia (la vida me enseñó lo inconveniente que puede resultar fumarse los nervios), siento un impulso difícil de dominar, una tentación casi irresistible que me invita a irme a dormir, a abrigarme en la certeza de que mientras yo sueño, mi papá e Independiente, como duendes laboriosos, van a arreglarme el mundo para que yo lo encuentre refulgente en la mañana
Y queda en mí el mandato inexorable que dictan las fidelidades eternas. Cuando Independiente gana un Campeonato –al fin y al cabo, Dios y sus milagros evidentemente existen- lo primero que hago, en la cancha o en mi casa, es levantar los brazos y los ojos hacia el cielo, abrazándolo a mi viejo a través de todos los rigores del destino, y por encima de todas las traiciones de la muerte.
Lo que pasa es que tratándose del Rojo, de mi viejo y de mí, hay veces que la muerte es una señora que nos tiene un miedo bárbaro. Una vieja podrida a la que, de locales en Avellaneda, le tiramos la camiseta y podemos, de vez en cuando, llenarle la canasta.
Todavía me acuerdo de ese número once de cuero blanco, cosido en la camiseta como el de Bertoni.
Pero ahora también veo, cuando me fijo con suficiente atención, que mi viejo también lleva lo suyo.
Lo tiene ahí, en la espalda, justo a la altura del nacimiento de las alas: un diez de cuero blanco, igualito igualito al de Bochini.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Noche especial

Por alguna extraña razón mañana va a ser un día distinto. No porque ya voy a ser un profesional matriculado. Sino algo mucho mas trivial como que mañana juega el rojo. Por esta pavada vas a callar ese sano silencio que mantenías en este blog? con mucha razón se preguntaran. Y si, lamentablemente escribir acá es mas barato que mi psicólogo.
Pero mañana lo que va a hacer especial ir a ver el partido es que voy a ir con mi viejo y con uno de mis hermanos. Quizás esté sensible, quizás me estoy poniendo viejo(?) no lo se. Pero de solo pensarlo me emociono (poquito, recuerden que los machos machos no lloramos). Pensar que mañana vamos a transitar juntos calle Italia yendo a la cancha de los vecinos (porque un cobarde, un imbécil, revoleo en nuestra cancha una piedra al arquero contrario) junto con otras almas rojas, llenos de esperanza, para estar ahí y alentar al equipo y ver fútbol (esperemos...) me pone como mínimo ansioso.
Rememorar épocas pasadas (cuanto tiempo? cuantos años?) de caminar esas calles pobladas de galpones y depósitos, cuando eramos muy chiquitos, sabiendo que íbamos a ver al equipo. A nuestro equipo, al equipo nuestro y de papa. El equipo que habíamos heredado, con orgullo por cierto, con las camisetas puestas, alguna bandera en la punta de un palo lista para ser enarbolada con orgullo.
Muchas cosas me emocionan. Pero el recuerdo de esos momentos hoy están a flor de piel. Quizás se deba a que el tiempo llevo a que ahora me encuentre en la vida siendo padre y espere con ansias el día que pueda llevar a mi hija a la cancha, en hombros, con la camiseta roja puesta, alguna bandera, algún gorro... pero el mismo sentimiento.
El resultado del partido de mañana sera anecdótico. Lo importante mas allá de lo que ocurra en la cancha, por lo menos para mi, empezó hoy. Y continuara, como la vida misma...


Sean felices!!!


Ele ele